Cena
Nos
vamos de cena:
reservo
una mesa
en
un restaurante tranquilo, romántico.
Nos
servimos miradas,
como
entrante compartimos el mismo plato,
un
cruce de sensaciones tiernas, cálidas, sinceras.
Es
increíble comprobar la inutilidad de las palabras:
gesticula
tu rostro como iluminándose
entre
el revés de sus muecas,
un
corte de risas y sus deliciosas sonrisas.
La
cena promete ser exquisita...
Te
veo comer el primer bocado
y
mi apetito se dispara
lamiéndose
entre tus sabrosos labios rojos...
Tu
compañía es muy linda,
tergiverso
tus palabras entre un no se y mi te quiero,
me
embebo de la elegancia de tus gestos...
estas
hambrienta...
Tu
ropa es impecable
aunque
tiene la culpa de cubrirte,
me
pierdo en tu observar (me) distraído
y
me confundo entre los colores del ambiente,
la
esencia de tu pelo y el vino tinto traicionero.
Tus
pupilas me seducen,
invitándome
a una huida que sabe a victoria,
a
escaparnos de un lugar formal
para
forjar nuestros deseos a sinfonías para amantes.
Pero
es nuestra noche y cada cosa tendrá su momento.
Seguimos
sentados comiéndonos el amor.
El
segundo plato es un gustazo: un orgasmo para el paladar,
tu
voz es armonía para mis oídos:
nos
servimos pescado con guarnición de palabras...
Imagino
escrutar entre tus curvas,
mientras
me concentro en la comida:
comerte,
besarte, acariciarte
sería
engañar los relojes del tiempo,
concentrándome
en tus bragas
y
quitar(te) ese ornamento que me separa del postre...
Entonces,
mi punto de partida pasa a ser pedir la cuenta
y
buscar tu punto de no retorno:
el
color de la noche se tiñe de rojo,
como
tu pelo,
como
el fuego de tu sangre que late.
Lo
que se refleja en tu pálida piel rosa
son
mis ganas que bombean en tus latidos.
Tu
corazón es el compás que me guía
entre
los laberintos de mis deseos,
los
de terminar follando (me) la noche.
No
pedimos dulce, mi postre eres tú.
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