“Era
el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la
sabiduría y, también, de la locura; la época de las creencias y de
la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de
la esperanza y el invierno de la desesperación.”
Era una noche
de agosto cuando Josep por primera vez fue espectador de las
perseidas,
de una extraña pantalla gigante en cuatro dimensiones que le hacía
sentir infinitamente pequeño, de una sensación melancólica y dulce
a un tiempo. Para Josep las lágrimas de san Lorenzo transmitían un
mensaje del cielo fundamental mientras jugaba a alcanzar los
meteoritos antes de que se estrellasen
sobre la tierra. El espectáculo de una luna extrañamente agigantada
junto a la belleza del pueblo fronterizo de Tarifa, le regalaban la
calma que necesitaba. Se había alejado de la instalación adaptada
junto al puerto y necesitaba descansar con la soledad. El ruido del
mar acarició sus sentidos en una velada con la naturaleza. La brisa
ligera refrescó la imagen de un ajetreado y caluroso día,
probablemente el mas difícil desde que estaba en el cuerpo de
salvamento marítimo. No tardó en cerrar los ojos, aquel momento
invitaba a soñar... Algunos fragmentos de aquellos instantes
penetraron en su sueño, convirtiéndole en pesadilla. Tantos rostros
demacrados por el hambre, tantas manos pidiendo ayuda... Pronto en su
visión, la tierra se embebía de la aridez del hombre hasta brotar
veneno desde sus entrañas; la caída de las estrellas eran dardos
contra la maldad y la noche escondía una advertencia, un mensaje:
una enfermedad próxima, un terrorífico escenario de muerte, la
depresión económica, la confusión y el desconcierto iban a
derrumbar todos los sistemas construidos. Entonces el manto
estrellado se convertía en una pesada cortina de miedo que
apesadumbraba la conciencia, ofuscando los sentidos y bloqueando la
natural inclinación del hombre hacia el próximo. Josep sintió
vértigo, verdadero peligro.
El
día siguiente le despertó la marea acariciándole los pies. Un
barco de papel amarillento estaba anclado a su derecha mientras a su
lado un pequeño cangrejo vagabundeaba sin destino. Eran las 7,06 en
punto mientras un avión reflectaba a la luz una publicación
gigantesca: “Coca-Cola”.
Sin
saber como interpretar aquella noche, Josep se fue preparando para un
nuevo día: en las últimas 36 horas una avalancha de inmigrantes
había superado las fronteras, 1300 personas hambrientas, algunos
enfermos, mujeres y niños. Josep debía protegerlos, pero su tarea
era tan grande, tan difícil, como abrazar aquel cielo imposible.
Moreno,
deportista y mujeriego, siempre ofrecía al mundo la sonrisa mas
amable, ocultando las imágenes de su niñez que a diario le llegaban
desde el recuerdo. Su vida era la revancha y la lucha contrapuestas a
un destino que le quitó el amor de sus padres en un accidente de
barco. Su padre le salvó la vida a cambio de la suya. El rencor y la
rabia en contra de unas existencias enredadas a lo injusto le
impulsaban para continuar. Desamparado, era consciente de su tristeza
aunque peleaba con todas sus fuerzas: agradecía a la vida todos los
días que le había regalado su padre, la vida que él podía vivir.
Sonreía siempre acallando la tristeza. El ejemplo de su progenitor
fue lo esencial para la elección de su suerte, aquel 12 de agosto de
1982 en pocos momentos Josep se convirtió en hombre, aquel día supo
su destino.
La
única persona que le quedaba en el mundo era su abuelo, Martín.
Aquel 12 de agosto no le acompañaba por estar en Madrid, en un
meeting de su partido político. Era muy influyente pero no
pudo nada contra la muerte de su hijo. Se encargó de su nieto aunque
no pudo comprar el cariño que necesitaba, ni la cercanía que tanto
anhelaba y que le regalaron sus padres. Martín no renunció a su
carrera, perdiendo el amor infinito de un nieto que podía
convertirse en hijo. Llegó a manejar y a controlar la escena
política regional, controlando las empresas que terminaban siendo
juguetes en sus manos, un teatro de títeres que le divertía manejar
y le llenaba al mismo tiempo. Martín tenía una vida de excesos, al
igual que el volumen de su cintura.
Las
pateras y embarcaciones llenas de pobreza, dificultades y esperanza
llegaban desde todas partes y a todos los destinos. Los números eran
escalofriantes... Josep fue a buscar a Martín, no entendía como las
autoridades podían permitir esto sin un protocolo de actuación a la
altura de la emergencia.
- Martín, que coño pasa, le dijo...
- Habla con respeto, hijo. ¡Todavía soy tu abuelo!
- No tengo tiempo para jugar, ¡dime que esta pasando!
- ¿No lo ves? ¿Tengo que explicarte lo evidente?
- Veras, soy lo suficientemente listo para observar que esta avalancha de gente no es normal. Llevo 11 años en este puto trabajo y se cuando ocurre algo. Aquí esta pasando algo y tu lo sabes bien. ¿Ademas porque no estas haciendo nada? Necesitamos mas infraestructura, mas personal, mas médicos, mas medicinas, ¿dónde coño está todo eso?
- Cálmate Josep! Entiendo como te sientes, estamos haciendo todo lo posible.
- ¡Y una mierda! Lo que haces es irte de cenas con gentuza esperando que llegue alguna secretaria ambiciosa para aprovecharte de ella... eso es lo que haces, nada. No haces nada... quiero saber qué está pasando.
La
mirada de Martín se encorvó, perdió lucidez, sabía que no había
tiempo que perder y que su nieto no era manejable como los demás.
Su voz se apesadumbró quizá por la verdad de aquellas palabras o
tal vez por la pasión que le movía por dentro: no fue capaz de
ocultar la verdad al hijo de su hijo.
- Escúchame atentamente Josep, coge tus cosas y lárgate. Antes que sea demasiado tarde. ¿Recuerdas la casa en los pirineos? Vete ahí, bájate al escondite que te enseñé aquella vez: marca la clave 12882 y entra en el sótano. Hay comida y provisiones para un mes. Tendrás un teléfono con cobertura mundial, radio de emergencia y todo lo necesario para estar en contacto con el planeta y conmigo. Estarás a salvo.
- Pero qué coño estas diciendo... ¿que esta pasando?
- ¿No lees los periódicos? ¿No ves las noticias?
- Tiene que ver con el ébola, ¿verdad?
- Si hijo, el gobierno me ha informado esta misma mañana que la situación esta fuera de control, el período de incubación del virus es mas lento de lo esperado y su propagación corre como la pólvora.
- Pero si decían que estaba contenido y controlado... Esto quiere decir que las estadísticas oficiales no son reales. ¿Habéis amordazado a la prensa? Y las proyecciones... ¿Tenéis proyecciones?
- Los expertos estiman que en el giro de un mes toda África tendrá el virus, si ya no lo tienen. Ahora son veinte millones. No hace falta decirte que probablemente la gente que estas salvando puede matarte.
- Pero entonces hay que avisar a todos, hay que adoptar medidas de control, guantes, mascaras, trajes especiales. Hay que moverse. ¡Llama al ministerio de sanidad!
- Es demasiado tarde Josep, me encantaría ayudar, créeme, pero desde el gobierno central no quieren crear alarma: saben que alertar creará el pánico. Hay que actuar con inteligencia.
- Sí, claro. Y me dices de largarme, ¿no? Menudo plan de choque que tienes. ¡Cojonudo!
- Estaba todo planeado, pero algo se torció.
- Pero, que dices...
- Sí, Josep. Los militares lo han usado como un arma biológica. Experimentos. Lo tenían todo comprado, comprobado y calculado. Los países amigos del complot iban a recibir armas y fuerza militar para luchar contra sus opositores en África. Todo iba como la seda hasta que sucedió lo imprevisto. El virus no actúa como esperábamos: morirá mas gente de la que hemos previsto.
- Martín, si estas metido en esto me das asco. ¡Tu! ¿Como has podido hacer esto?
- Por lo que sé, solo eran pruebas para perfeccionar el antídoto contra el ébola. Se acerca una guerra biológica y nuestros aliados no podían esperar años de investigación. Han descubierto el remedio a la enfermedad, pero había que recrear una emergencia para comprobarlo. Las farmacéuticas tendrán sus ganancias, nuestros aliados se verán fortalecidos, la sangría económica de nuestras empresas se verá resuelta. Los estados enemigos se verán doblemente amenazados... Además ¿no estas viendo como el sistema económico se va a la ruina? Es totalmente insostenible. Necesitamos países enteros que paguen nuestra deuda, que trabajen para nosotros. ¡Tenemos que esclavizarlos de nuevo! Tras nuestra ayuda, tras salvar la vida a estos muertos de hambres, verás como esos putos negros trabajarán para nosotros para pagarse la medicación. O su vida o la nuestra, Josep. Estas en guerra, ¡abre los ojos!
- Nosotros... ¿nosotros quién? ¿Quiénes sois? ¿Quién eres tú? ¿Vas a dejar que pase esto? ¿Cómo puedes pensar así? ¿Cómo has podido permitir esto? Así va a morir muchísima gente, antes de que se salve el resto. No te reconozco. ¡Eres un hijo de puta!
- No podemos permitirnos otra caída del sistema financiero. Necesitamos pagar nuestras deudas. No hay nada que hacer Josep, ¿lo entiendes?
- ¡Me das asco! Donde esta todo ese poder que tienes, demuestra que eres la persona que siempre he conocido, sé de todas las veces que preguntabas por mi aunque estabas a miles de kilómetros. Sé que en el fondo tienes un ser noble dentro de ti. Por favor, abuelo, ¡no hagas esto! ¡Estas maldiciendo la memoria de tu hijo! ¡Tienes que ordenar un toque de queda y bloquear los transportes!
- ¿Pero qué dices? ¿Te das cuentas de que veinte día de parón significa el desastre económico de la nación? ¡Esto es imposible!
- ¿Vas a dejar que esos incompetentes del gobierno manden todo al carajo?
Josep
había sobrestimado el poder de su abuelo. Nunca había imaginado que
hubiese alcanzado esferas de influencias tan altas. Se tragó todo su
orgullo como si fuese una oleada de “chapapote”
vertida en el mar.
- Por favor abuelo, ¡lo tendrás en la conciencia para toda tu puta vida!
- Lo siento...
Tras
unos segundos de silencio, una enorme bofetada golpeó la mejilla
derecha de Martín que cayó al suelo de inmediato. Josep ni le miró
cuando cerró su despacho con un portazo. Las distancias de aquel
parentesco, nunca cercanas, habían logrado alejarse hasta la
ruptura. Martín estaba desconsolado. No esperaba ni deseaba lo
sucedido. Se renegaba a sí mismo, supo que lo único mas importante
era Josep. Sus últimas palabras le movieron el alma.
Entretanto,
Josep, caminaba sin rumbo: su esperanza de que el hombre pueda crear
dicha a través de su entrega era una ilusión que se convirtió en
pesadilla. Vivía ayudando los demás, salvar le salvaba, haciéndole
sentir en paz con el mundo. Esas manos que pedían ayuda, su
desilusión unida a la desesperación de aquellos moribundos, le
regalaron por un momento la sensual llamada de la muerte, la que
susurró a sus oídos. Quería huir de todo aquello, pensar le
sofocaba, respirar el calor de aquella mañana frenética le privaba
de lucidez. Su cara se cubrió de lágrimas mudas. El terror por lo
ajeno se transformó en amor propio. Pensó en el peligro de aquellas
instalaciones tarifeñas donde posiblemente había brotes de ébola.
Dudó de su perfecta salud. Entonces pensó que el único antídoto a
la muerte era el amor. Volvió a abandonarse a sus pensamientos de
siempre, al amor que le salvó la vida. Debía de informar a toda la
prensa, las redes sociales y al mundo entero de lo que sabía.
Su
padre le sonrió antes de que se desmayara en el suelo. Poco después
el agua tocaba sus pies inmóviles en la orilla de Tarifa. Un barco
de papel amarillento estaba anclado a su derecha mientras a su lado
un pequeño cangrejo vagabundeaba sin destino. Eran las 7,06 en punto
mientras un avión reflectaba al sol una publicación gigantesca:
“Coca-Cola”...
Despierto
y sin saber el porque de lo ocurrido, Josep sabía que aún tenía
tiempo para actuar.
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