Los subterráneos de Madrid
son catacumbas de viajeros muertos
que respiran de otro mundo.
El dios Google les atrapa
desde sus pantallas brillantes
y los ojos atentos
se convierten a esclavos curiosos,
a bolas distraídas de cristal,
a un eclipsado presente
a un eclipsado presente
que vive de un mundo virtual.
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