Con
el placer del fuego que me das conjugo el amor,
¡cuantos
besos te daría para levantar mi vida a flor!
Haces
que suspire el viento, mi alma herida...
puedo
tocar el cielo en tu honor, ¡querida!
Rebosa
infinita pasión en el corazón de un poeta
cuando
las musas le ayudan con su receta secreta,
la
de levantar pasión y orgullo junto al talento,
y
conjugar el verbo: unos sonetos para su aliento.
Y
si aun así la gracia de la musa perdura,
entonces
la obra del poeta se amplía, prospera,
llegando
a subsanar la pulsación impura...
Ahora
me diréis: ¿Acaso desear es pecar en nuestra era?
¡Creo
que no lectores! Para un poeta la melodía más pura,
la
que nace y renace, es la que le regala la musa más sincera...
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